América · fascismo · política

Los extras de El Álamo

Me preguntan por mi opinión sobre el golpe de estado fallido de Trump y los Proud Boys. La verdad es que aún lo estoy digiriendo pero algo tengo muy muy claro: Estados Unidos es una república oligárquica (no es una «democracia» ni de casualidad, sobre todo no desde que introdujeron el voto electrónico opaco) y la oligarquía en pleno ha decidido que Trump se va, algo que quedó muy claro cuando su único aliado mediático (Murdoch, Fox) le abandonó en plena campaña electoral. Algún aliado le quedará, no conozco todos los entresijos, pero está claro que no son suficientes en absoluto para darle otro mandato. No es una cuestión de votos, cuya realidad desconocemos porque el sistema electoral de EE.UU. es tan poco transparente que es hasta plausible la queja de Trump de que le han robado las elecciones (a saber!), es una cuestión de consensos políticos de la oligarquía: posiciones tan altas no se eligen, se compran y Trump no tiene suficientes billones tras de sí. Así es la dictadura de la burguesía, ajo y agua!

No sé si Trump lo ha entendido y está reaccionando como lo hace por pura arrogancia o miedo a las represalias penales (siempre le van a poder pillar por algo, como a Al Capone), o no lo ha entendido bien del todo y pensaba que podía jugar duro desde su posición jerárquica, con un altavoz muy frágil en Twitter (que ahora ya le ha baneado), una especie de camisas pardas a la americana llamados Proud Boys y lo más importante (y no debatido) del todo: la complicidad de elementos clave de la policía, sobre todo de la federal (FBI, Homeland Security, etc.), que muy evidentemente dejaron hacer.

Hace cuatro años explicaba que el neofascismo de Trump es un movimiento sin vigor, senil, carente de masas juveniles entusiastas a las que poder movilizar como cuerpos de choque para sus marchas de antorchas y pogromos. Decía entonces que el Trumpismo claramente se basa únicamente en el aparato policial-militar del estado mismo: no o apenas es capaz de movilizar camisas pardas, ya que sus votantes son ancianos que no están ya para marchas de antorchas y linchamientos racistas. Nunca una reacción fue tan intrínsecamente obsoleta.

No sé hasta que punto ha cambiado algo en estos cuatro años pero el golpe fallido creo que ratifica mi opinión de entonces: la cifra de manifestantes era pequeña para una «marcha a Roma» de ese calibre (10-20.000 personas llegadas de todo el país, cuando en Bilbo, una ciudad muchísimo más pequeña en una nación 100 veces menor, cualquier manifestación comparable saca diez veces esa cifra) y un despliegue policial normal no hubiese tenido problema alguno en contenerlos.

Pero ese despliegue no existió, alguien dejó hacer a la turba fascista (ver los vídeos de como hasta les dejan entrar, se hacen selfis con ellos). Esto es algo que apenas se está debatiendo y que debería estar en el centro del análisis: el problema no es tanto el «Búfalo Bill» de pacotilla de Arizona ese, el problema está en la comandancia del FBI y demás cuerpos policiales que les pusieron la alfombra roja.

Creo que la idea, además de ser una mala copia de la Marcha sobre Roma de Mussolini, pivotaba sobre la esperanza que Trump tenía de que su Vicepresidente Pence le siguiera el juego. Según Trump, Pence, como Presidente del Senado, tenía la capacidad unilateral de anular las elecciones. Sin embargo Pence entendió perfectamente la situación de aislamiento de Trump y se negó a ser parte del juego y ser arrastrado por el especulador inmobiliario a su cenagal. Tampoco se habla mucho de esto pero si Pence hubiera osado seguirle el juego a Trump, entonces sí que habría habido cierta crisis constitucional que podría haber favorecido el golpe, inclinando a actores policiales, militares, judiciales, gobernadores incluso, quizá a favor de éste.

Creo que ese era el plan de Trump. Al parecer no era el plan de Pence que supo leer, como dicen los anglos, el texto en la pared, y se alineó con el consenso oligárquico anti-trumpista.

Uno de los mejores análisis que he leído hasta la fecha lo hace El Confidencial Saharaui:

Los incidentes provocaron que el gobernador del Estado de Virginia enviara tropas de la Guardia Nacional, decretara el estado de emergencia en el condado de Alexandria, vecino a Washington DC, como la movilización de la policía estatal en apoyo a las autoridades de la capital estadounidense. Desde el Departamento del Ejército se dio órdenes para movilizar también elementos de guardias nacionales. Trump se negó a firmar la orden de movilización, finalmente firmada por Pence, lo que ha generado una controversia constitucional. El toque de queda decretado tanto en Washington DC como de distritos vecinos, se vio reforzado por guardias nacionales de Maryland, Virginia (unos 3300 soldados fueron desplegados) además del apoyo de las policías estatales de dichos territorios. La alcalde Bowser extendió el estado de emergencia por 15 días

Es decir: no sólo Pence (que actuó como Presidente de facto contra Trump, firmando la movilización de la Guardia Nacional, parte del ejército) sino los gobernadores de los estados vecinos de Virginia y Maryland, ambos demócratas, así como la alcaldesa de Washington D.C., fueron decisivos en la supresión de la intentona golpista. Del FBI y el infame Departamento de Seguridad Doméstica (Homeland Security) no se supo nada jamás.

Lo que nos lleva de nuevo a lo que decía hace cuatro años: la única base (o casi) de este neofascismo tardocapitalista está en la policía, en la que se ha favorecido sistemáticamente lo peor de lo peor (no sólo en EE.UU.) Recordemos que la revuelta BLM fue en gran medida dirigida contra ese fascismo (y racismo) policial enquistado pero que insitucionalmente ni se habla de ello: nadie señala al FBI ni a Homeland Security, nadie exige que rueden cabezas policiales (sólo ha dimitido el jefe de seguridad del Capitolio, un tema sobre el que se ha pasado de puntillas); el consenso gran-burgués puede que esté contra Trump pero de antifascista no tiene nada, siguen queriendo a los más malotes en la policía porque tienen muchísimo menos miedo al fascismo que a la revolución socialista.

Al final son todos lo mismo: Trump puede que tenga otra agenda más «nacionalista» y otro estilo claramente más fascista en las formas pero cuando la elección está entre Le Pen y Macron, entre Trump y Biden, a la clase obrera, al pueblo, nos da casi lo mismo. Porque a nivel interior no es para nada peor Trump que Macron, la extrema derecha no se diferencia en nada (que no sea cosmético-cultural) del extremo centro.

Hay quien opina que el fascismo es algo muy preciso, tan extremadamente bien definido que no entra ni Mussolini en la categoría si me apuras, pero la realidad es que el fascismo clásico no es más que una variante histórica concreta del autoritarismo burgués reaccionario, cuya referencia quizá no sea tanto Mussolini como Napoleón, Thiers y Macron. Antiguamente le llamaban «bonapartismo» y antes aún «cesarismo», da igual, es lo mismo: es autoritarismo más o menos demagógico para preservar los intereses de la oligarquía, es lo contrario de la democracia, del poder popular, del comunismo correctamente entendido.

Si asumimos como nuestras las disputas internas de la burguesía, los y las trabajadoras sólo podemos perdernos en un laberinto confuso que no nos atañe. Ni Trump, ni Biden, ni Le Pen, ni Macron: comunismo ya!

Actualización y contrapunto: Prof. Boyle se muestra muy sorprendido en esta entrevista por la sorprendente inacción del Partido Demócrata y considera un peligro extremo que la Guardia Nacional, cuyo comandante en jefe es Donald Trump hoy por hoy, ande suelta por Washington D.C. Compara lo ocurrido a la quema del Reichstag, un montaje de Hitler para reforzar su poder.

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