Europa · historia · imperialismo

Romani ite domum!

De la necesidad de la descolonización de Europa Occidental

Estos días, en medio de la muy justa ira anticolonialista, antiesclavista y antirracista que recorre el mundo, la absurda estatua a Julio César en un pueblo de Flandes apareció saboteada con la palabra «krapuul» («ladrón»), levantando cierta polvareda: debemos juzgar a la Antigüedad según nuestros baremos éticos?, se preguntan muchos, yo diría que sí, al menos en algún grado y hay muy buenas razones para ello.

A mediados del siglo XX, Federico Krutwig apelaba a la descolonización interior de Europa Occidental, es decir: a la emancipación de las naciones oprimidas de esta parte del mundo frente a los grandes estados opresores: francés, británico y español. Estando muy de acuerdo, tengo que añadir que se quedaba corto, que lo veía en una perspectiva muy de los años 60 y 70, en la que la mera independencia parecía suficiente para marcar la diferencia. Por desgracia no es así: la «independencia» en los términos del colonizador, sin una revolución que marque la diferencia, que establezca un antes y un después en los términos del colonizado, no se logra gran cosa sino perpetuar el régimen colonial con formas nuevas, autónomas pero igualmente explotadoras y enemigas de los pueblos.

Quien ignora su historia de esclavitud está condenado a ser esclavo

Europa Occidental ha sido potencia colonial durante siglos (sus estados principales cuando menos), pero antes de ello fue colonia. Y eso no debemos olvidar, o más bien debemos empezar a recordar porque parecería que nunca lo hemos asimilado y mucho menos corregido; fue colonia o, para ser preciso, colonias (plural) de Roma, por extensión de Italia. En aquella época el término colonia, palabra latina, se refería a lugar de colonización, de asentamiento, pero el concepto moderno de colonia es más genérico y se refiere a territorio supeditado a una metrópolis para servirla económica y políticamente. Los romanos para ello usaban el término provincia, de «pro-vinci-a», es decir: territorio conquistado. La primera provincia (colonia) romana fue Sicilia, convertida en auténtica colonia de plantación esclavista, y que aún no se ha recuperado de aquello, pero después vendrían muchas más: Cerdeña-Córcega, Hispania Citerior (Països Catalans y Murcia), Hispania Ulterior (Andalucía), Macedonia, África (Tunicia Kabilia y Tripolitania), Asia (Anatolia Occidental), Galia Narbonense (Occitania, inicialmente llamada Galia Transalpina), etcétera.

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Colonias (provinciae) romanas (italianas) en Occidente (época de Augusto).

Naturalmente el polémico Julio César es famoso sobre todo por haber añadido otras dos provincias al imperio colonial de la República Romana: Galia Céltica y Galia Bélgica (Aquitania fue también conquistada en esa época pero por su comandante Craso el Joven), así como por realizar el primer intento de conquista de Britannia (Gran Bretaña). Así mismo fue quien efectivamente liquidó la nada democrática República Romana, reemplazándola por una dictadura militar que llamamos Imperio (técnicamente el primer «emperador» o «princeps» es su sucesor Octavio Augusto pero en realidad fue César el que forjó esa dictadura, Augusto sólo la consolidó).

Era una dictadura populista inicialmente pero ese populismo era sólo para los ciudadanos romanos, no para los innumerables provinciales o súbditos coloniales, que no pintaban absolutamente nada, como los eslavos en los planes megalomaníacos de Hitler o los negros y los indios en los de los imperialismos europeos. Ciudadanos romanos eran para entonces todos los italianos no esclavos (concesión de la Guerra Social), así mismo Italia era el único territorio de la República/Imperio que no tenía categoría de «provincia» (colonia), produciendo hasta entrada la crisis del siglo III todos los emperadores y la casi totalidad de la administración imperial. Sí, hubo algunos emperadores nacidos en las provincias pero todos eran descendientes de familias aristocráticas italianas, no «provinciales» en absoluto. El primer emperador no italiano es Maximinus Thrax, que marca un punto de inflexión junto al decreto de Caracalla (anterior) y las feudalizantes reformas de Diocleciano (posterior), pero esto es ya el final casi: durante más de cinco siglos, desde la Primera Guerra Púnica hasta Caracalla, Roma fue un imperio colonial, y durante la mayor parte de ese período fue un imperio colonial italiano, cuya metrópolis era Italia, nación forjada por Roma más que ninguna otra. Sí, ocasionalmente se concedía la ciudadanía a algunos provinciales «por los servicios prestados», pero eso es la excepción, no la regla.

El decreto de Caracalla (concesión de «ciudadanía» a todos los súbditos imperiales no esclavos) y la resultante crisis del siglo III, que culminó en la toma de poder por los generales balcánicos (Diocleciano y sucesores) tampoco supuso ninguna ventaja sustantiva para los pueblos colonizados de Europa Occidental. Estos nuevos emperadores orientalizantes, a menudo ferozmente «anti-romanos» (Diocleciano casi muere de ira tras ser tratado de «tú» en Roma, su sucesor Constancio Cloro quería rebautizar el Imperio como «Imperio Dacio», aunque fue disuadido de ello, Constantino adoptó una religión oriental popular entre los griegos, etc.) sólo favorecieron a Grecia (senso lato), mientras que sus «reformas» feudalizantes fueron muy dañinas para el pequeño campesino libre, que se vio presionado para convertirse en «colono», es decir: cuasi-esclavo, siervo de la gleba, llevando a la desafección y la revuelta de clase: a la bagauda. Si Roma estaba lejos y era opresora colonial, Constantinopla estaba aún más lejos y oprimía aún más, aunque de otra manera, ya camino de lo medieval.

Adversus Hispaniam

En definitiva, Europa Occidental fue colonia y no o apenas ha criticado esa herencia, pesada como una losa de mármol. Y eso nos lleva a seguir presos de ese legado terrible, a reproducirlo incluso sobre otros pueblos, pero crucialmente a no ser capaces de emanciparnos, a no lograr hacer borrón y cuenta nueva. El caso más notorio sin duda es Hispania, donde, con la excepción muy notable pero ya casi totalmente derrotada de la bagauda vasca, no ha habido revolución alguna jamás. Esto explica desde el caciquismo gallego hasta el latifundismo andaluz, pasando por el arrogante militarismo castellano, que básicamente son herencia colonial romana, herencia sangrante que debería de haber caducado hace más de 1500 años pero que fue perpetuada por diversos estados neo-romanos hasta la actualidad, muy notablemente el Reino de Castilla (rebautizado como «España» por Napoleón Bonaparte en 1808).

Sin duda ningún estado post-colonial romano necesita una revolución como España. Mientras que los estados francés, británico, belga o incluso Portugal en algún grado, han experimentado procesos revolucionarios renovadores en diversos momentos de su historia reciente, el estado español ha sido absolutamente refractario a una renovación radical que necesita como agua de mayo. Por eso es un estado casi fallido, un estado sólo pseudo-capitalista subordinado en extremo a terceras potencias, por eso todo está tan podrido en el Reino de España: la corrupción no es bug, sino feature del sistema imperial romano, lo mismo que la horrible pederastia de la que gozaba el «español» Trajano, lo mismo que hacer carrera en la administración o en el ejército, tan característico de la «mentalidad castellana», lo mismo que el latifundismo y la especulación inmobiliaria que plagan el maldito estado español, todo ello son legados de la estúpidamente celebrada Roma, de su colonialismo sobre la Península Ibérica (entre otros lugares, pero muy especialmente). Sí, Ayuso es Nerón tocando la lira entre las llamas.

Y ese legado horrible, degenerado, degradante, destructivo y sobre todo anti-democrático, contrario al Poder Popular, es algo que de una u otra manera Iberia debe sacudirse. Digo Iberia porque es nombre nativo (de ibar = rivera, vega, nombre del río Ebro y por extensión de la península entera, nombre también con el que los romanos y griegos conocían a los pueblos nativos pre-indoeuropeos de la zona: íberos). Hispania, España, tiene todas las connotaciones de colonia, ni siquiera es un nombre nativo sino seguramente griego (Hesperos = occidente, poniente > Hesperia = país de occidente > Hispania, relacionado en latín/romance: vespertino, víspera, de Vesperus = Hesperos). España no puede ser por lo tanto el nombre de ningún país o países libres, sólo de un país de esclavos, lo mismo que cuando el gran Sankara lideró la revolución en su tierra ultrasahariana, decidió sabiamente cambiar el nombre colonial de Alto Volta por el de Burkina Faso (país de la gente digna), cualquier abordaje serio a la «cuestión española» debe pasar por abolir el nombre colonial «España», con todas sus connotaciones totalitarias e imperialistas gran-castellanas, y adoptar sin matices el indigenismo iberista con toda rotundidad. Debe oponerse a esa nueva Roma de pacotilla que es el monstruo urbanístico madrileño y debe defender y revalorizar las raíces aborígenes, que serían derrotadas por fenicios y romanos, pero tampoco tenían mucho que envidiarles, ni siquiera en términos civilizacionales (ciudades, civilización y probablemente escritura existían en Iberia mucho antes que en Italia, quizá incluso que en Grecia, pero por desgracia la historiografía romanista tiende a ignorarlas, desdeñarlas e incluso organiza inquisiciones infames contra nuestra propia historia).

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Ciudad de «Los Millares» (Andalucía)

En este sentido no está mal que los andaluces reivindiquen el Califato Omeya pero mucho mejor sería si investigaran y reivindicaran a la semi-mítica (pero sin duda muy real) Tartessos o a las civilizaciones «almerienses» de Los Millares y El Argar, raíz, junto al más modesto Bronce de Levante, de la fascinante civilización Ibérica, que derrotó a los celtas en Catalunya y Languedoc aunque fuera más tarde sometida por fenicios y romanos (a la fuerza ahorcan, ya se sabe). Y no estaría tampoco de más que estudiáramos, divulgáramos y celebráramos la épica resistencia cántabra a la conquista romana, cuya feroz e indomable estrategia guerrillera obligó al Imperio a desplegar innumerables legiones y cuya derrota le pareció tan vergonzosa al propio Emperador Augusto que se negó a sí mismo el triunfo correspondiente. Y no estaría de más tampoco que se estudiara la bagauda vasco-cántabra y sus implicaciones históricas con mucho más interés y seriedad, y que fuera todo esto conocimiento general de los pueblos de Iberia y que despertara así su orgullo autóctono, no como ahora que se celebra el haber sido esclavizados por Roma y el haber reproducido el modelo romano imperialista, militarista, corrupto… hasta la saciedad.

No a Roma, no a Hispania, no a España! Sí a Iberia: sí a los pueblos libres de nuevo enraizados en su autenticidad, que sólo en una capa muy superficial y muy degradante es romana. Romani ite domum! Es hora de descolonizar.

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