guerra de clases · política

Voluntarios internacionales: ideal y realidad

Rojava Azadî

Los voluntaries internacionales se unen a las fuerzas de las YPG-YPJ con motivaciones muy diferentes, algunos incluso son ex-soldados que desean adornar su currículo. Arthur Aberlin explica porqué su compromiso como combatiente de las YPG sigue siendo un apoyo valioso a la revolución social.

ideal20realite Campo de entrenamiento de las YPG para voluntarios internacionales, Cantón de Cizîrê, 10 de mayo de 2017

Antesde llegar a Rojava, a menudo me pregunté quienes son los valientes que dejan atrás su cómoda vida cotidiana para defender la revolución social poniendo sus vidas en peligro en esta lucha armada.

De las historias de mártires de las que oí hablar, reconocí que la mayoría eran revolucionarios que habían seguido sus ideales. La realidad es, como ocurre la mayoría de veces, mucho más compleja de lo que parece desde lejos.

Déjenme decirte qué he observado hasta ahora.

Existen básicamente dos tipos de motivaciones entre los voluntarios internacionales:…

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La necesidad inapelable de un polo político revolucionario

Por qué el reformismo no es suficiente, aunque sea más o menos “radical”? Se ha puesto de moda en las últimas décadas que sólo se puede ser reformista porque se supone que hay que llegar a todo el mundo, incluyendo la abuelita más carca al parecer, para poder avanzar en la lucha política. Es al parecer el planteamiento de gente como Ernesto Laclau (al cual todavía estoy leyendo y por lo tanto no me atrevo a juzgar) y adoptado por el grueso de la dirigencia y seguidores de Podemos y también hoy día de la Izquierda Abertzale oficial, entre otros. Al otro lado del Charco, posiciones similares han sido abrazadas por la izquierda latinoamericana, desde el sandinismo hasta el neo-bolivarianismo venezolano, que se hace llamar “socialismo del siglo XXI” y “revolucionario” pero que en dos décadas no ha sabido colectivizar ni siquiera una parte sustantiva de la riqueza (y por lo tanto el poder) de la oligarquía bananera local. Peor aún: les ha cedido el campo exclusivo de la oposición mediante una reducción sistemática de la representatividad electoral y la aceptación de la polarización del discurso en estos dos campos artificialmente super-simplificados, de manera que monopolizan el “mal menor”, algo que puede ser útil para el aparato del PSUV pero definitivamente es contraproducente de cara a la consolidación del socialismo, en el que idealmente el debate político se movería casi exclusivamente entre diversas posturas, corrientes o partidos socialistas, ya que la burguesía expropiada se habría vuelto impotente y sus ideas marginales en consecuencia.

Sí, como comunista genuino que pretendo ser mi referencia básica sigue siendo la Comuna de París de 1871 (multipartidismo socialista) y no el estado totalitario bolchevique (que no “soviético”, mucho menos “comunista”), ni tampoco la socialdemocracia precaria venezolana. Puede que sean “males menores” según qué circunstancias, al parecer siempre circunstancias semi-coloniales, con interés de desarrollo y soberanía “nacional” que la burguesía subordinada no puede liderar, condiciones que no se corresponden en todo caso con el centro captalista global (“Occidente”) al que mi país pertenece (quizá España o partes de ella sí que estén en una situación subdesarrollada pero desde luego no Euskal Herria).

Aunque existen muchas corrientes y opiniones individuales, se puede simplificar la situación de la izquierda en los siguientes segmentos:

  1. Herederos de la primera parte del siglo XX (y en general en clara decadencia):
    1. Anarquismo
    2. Bolchevismo
    3. Socialdemocracia o social-liberalismo
  2. Innovaciones del siglo XX tardío:
    1. Movimiento Autónomo
    2. Bookchinismo o “municipalismo” (notable sobre todo desde su adopción por el Movimiento Revolucionario Kurdo, una fuerza referencial hoy día)
    3. Nueva socia-democracia, laclauismo o bolivarianismo

Aunque puede resultar tentador establecer paralelismos entre uno y otro bloque temporal, sólo hay uno que sí que sería correcto, y es que 1 y 2 son genuinamente revolucionarios en ambos bloques cronológicos, mientras que 3 es claramente reformista en cambio, preocupado por los avances parciales (reformas) y no por finalmente dar la vuelta a la tortilla y suprimir el Capitalismo, al parasitismo burgués, a la propiedad privada de los medios de producción y comunicación, .

En este sentido podemos hablar, siempre desde cierta simplificación, simplificación necesaria de todas maneras, de polo revolucionario y campo reformista. El segundo busca hegemonizar la oposición, puntualmente accediendo al poder incluso para implementar sus reformas, siempre insuficientes, y para ello cree necesario tener un discurso suave y “apto para todos los públicos”. El primero en cambio se centra en lograr la superación del sangrante orden Capitalista y mantener ese rumbo con firmeza aunque le cueste apoyos.

Históricamente, en el apogeo del Capitalismo que se dio el siglo pasado, sobre todo en torno a la década de los 60 (apogeo en gran medida debido a sus reformas socialdemócratas, hoy día totalmente destruidas, que le daban una estabilidad social que nunca va a volver a lograr), la función real del campo reformista era la de transferir fuerzas netas desde el polo revolucionario al conformista (liberal, conservador o incluso reaccionario, como el SPD hizo mediante su persecución de l*s comunistas, resultando en el ascenso de Hitler, o como el PSOE hizo en España, transfiriendo adherencias a la herencia del franquismo). Sin embargo creo que esta dinámica se ha quebrado en el siglo XXI por una simple razón: la reforma se ha vuelto imposible en el Capitalismo extremista actual. Olof Palme ya fue asesinado, Venezuela está siendo asediada y a Podemos les caricaturizan como “radicales”; el estado de bienestar se ha vuelto estado de malestar, los intentos de reforma apenas son en la mayoría de los casos frágiles palos en las ruedas del bulldozer reaccionario ultra-capitalista, palos que en el mejor de los casos sólo pueden retrasar su avance implacable hacia el siglo XIX bis, y en el peor se rompen sin mayor consecuencia.

En consecuencia el único papel que puede tener, en general, el campo reformista hoy día es el de transferir fuerzas netas desde el conformismo al polo revolucionario: l*s conformistas, vista la brutalidad implacable del tardo-capitalismo, deciden que ya no les gusta tanto, que mejor reformar o al menos intentar parar esta evolución, pero l*s reformistas honest*s, vista la impotencia de su posición política, no pueden sino derivar a la izquierda, hacia el polo revolucionario. Sociológicamente esto es un dato objetivo, se aprecia en el CIS: la auto-identificación con la izquierda en general y con la izquierda radical crece continuamente, pero para que esto se manifieste políticamente debe haber un polo revolucionario, polo que no existe en la mayoría de los casos (las CUP catalanas son una excepción muy honorable a pesar de los malabarismos que se han visto obligadas a hacer por el Procés), o que existe en forma de grupos minúsculos anclados en su adoración a los procesos revolucionarios de principios del siglo XX, de la época de la fábrica disciplinaria y el obrero masa (fordismo), posición totalmente disfuncional hoy día.

En la medida en que no exista este polo revolucionario actualizado y funcional, los disidentes “izquierdistas” del campo reformista, sean activistas, intelectuales o votantes, no tienen a dónde ir salvo a la inacción y la abstención. A mi entender eso es lo que le pasó a Unidos Podemos en las elecciones de Junio de 2016, en que perdieron nada menos que un millón de votos en el conjunto del estado español, sobre todo en las zonas urbanas, votos que no fueron a ninguna parte sino a la abstención. Frente a las elecciones de Diciembre de 2015, en las que Podemos jugaba con la ventaja de ser una fuerza novedosa y poco conocida, portadora de cierta radicalidad rupturista, seis meses después ya se habían desgastado al adoptar un discurso muchísimo más cercano al del PSOE, al que se vieron obligados (?) a cortejar debido a su obsesión con el acceso a los resortes del poder estatal y a su relativización postmodernista del discurso, de los contenidos.

Al campo reformista no le interesa sin embargo la consolidación de este polo revolucionario (excepto quizá a aquell*s que tuvieran una visión más amplia, que hasta donde sé no son más que hipotétic*s), puesto que su posición es claramente más cómoda si est*s disidentes izquierdistas tienen que elegir entre ell*s o la nada, lo que a su vez les permite rebajar aún más su discurso, puesto que no tienen competencia alguna por la izquierda. Pero objetivamente es inevitable que, a medio plazo, este polo revolucionario se forme, puesto que mucha gente que se desengancha por la izquierda no va simplemente a quedarse en casa para siempre, y esta sangría no tiene visos de cesar, porque las contradicciones de la lucha de clases no hacen sino agravarse, mientras que los intentos de reforma no hacen sino demostrar su impotencia absoluta o relativa.

En consecuencia es necesario que, aunque sea inicialmente pequeño, exista este polo revolucionario (como digo actualizado, no anclado en obsesiones históricas). Puede haber convergencia táctica con el campo reformista pero debe haber en todo caso diferencia de marco organizativo y de discurso, porque no son lo mismo ni pueden serlo y además la diversidad y “sana competencia” no son algo negativo para el conjunto de la clase trabajadora. El objetivo general del polo revolucionario debería ser, tacticismos aparte, ir creciendo tanto en cantidad como en calidad a través de este proceso imparable de realineamiento sociológico hacia la izquierda, hacia el antagonismo, y prepararse para cuando suceda una revolución, que es un proceso caótico impredecible en lo concreto y que no puede generarse desde el activismo (aunque sí que se puede “cultivar” hasta cierto punto). Ni puedo ni quiero concretar más en este artículo: esa concreción surgirá del debate y la praxis.

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Situacionismo, Punk, Postmodernismo, y Autonomía Obrera

El Situacionismo, y en particular Debord y Sanguinetti, van sobre todo de la crítica del “espectáculo”, es decir: de monopolio burgués del discurso (mediante su control de los medios de masas) y, en consecuencia la manipulación y marginación de las opiniones críticas, así como de la falsificación de la narrativa, p.e. el caso de Piazza Fontana, denunciado hábilmente por los últimos situacionistas como un ataque de falsa bandera, en absoluto diferente del 11-S (o seguramente muchos otros “ataques terroristas” recientes).

En este sentido, y al contrario de lo que pretendía mi interlocutor en el debate en Facebook que está detrás de esta reflexión, el situacionismo no tiene mucho que ver con el postmodernismo, el cuál consiste en abrazar y no combatir al espectáculo burgués. Alguna idea habrán obtenido los postmos del situacionismo, no me atrevería a negarlo puesto que la realidad es multiléctica y todo fluye en todas direcciones, pero sólo para pervertirlo si acaso.

Por contra hay un fenómeno cultural de gran trascendencia que sí que se debe considerar heredero directo del situacionismo: el Punk. Difícilmente los eruditos del sistema lo abrazarán y estudiarán porque es un fenómeno anti-elites y esencialmente al margen del sistema, y en particular enfrentado al barroquismo expresivo de la Academia. Por desgracia, tras un par de décadas de apogeo, décadas que algun*s tuvimos la fortuna de vivir en nuestra juventud, el totalitarismo mercantil burgués ha conseguido marginar de nuevo este ámbito, promoviendo otros tipos de “arte” (demasiado simplón en casi todos los casos para que no lleve comillas) que oscilan entre el conformismo superficial y la reacción sexista. Esa es la maldición de l*s “millenials”, junto a su extraña situación de minoría demográfica, ambos productos del Capitalismo avanzado (toyotista).

El otro fenómeno heredero es más político: la Autonomía (o Autonomía Obrera), que postula, por simplificar, que los partidos no son tan importantes como el Movimiento Popular, que el estado no es tan importante como el tejido social, etc. Además la Autonomía es la única corriente revolucionaria que pasa de estar anclada en el principio del siglo XX o de degenerar en postmodernismo vacuo (tipo Laclau) neorreformista y que, en cambio, casi sin querer, hace realidad la pesadilla de Bismarck, el cual celebró la ruptura de la Primera Internacional con la advertencia a los suyos de que anduvieran con mucho ojo si “los negros y los rojos” se volvieran a unir jamás.

Como el Punk, la Autonomía está quizá un poco de capa caída por la contraofensiva Neoliberal, pero, al igual que el Punk, no ha muerto ni probablemente morirá hasta que surja algo mejor aún. Todo lo contrario: son importantes manifestaciones del antagonismo de clase que nos muestran el camino a seguir.