Euskal Herria·guerra de clases

La comuna de Donostia de 1936

El siempre interesante, aunque casi nunca breve, Iñaki Gil de San Vicente, analiza estos días en varios medios las guerras “civil” y “mundial” en Euskal Herria como “crisol” del Pueblo Trabajador Vasco. Incluyo aquí un largo extracto sobre la resistencia revolucionaria en Gipuzkoa, episodio de la lucha de clases poco conocido pero de inmenso interés, pero recomiendo leer el artículo completo en Kaos en la red.

La sublevación fue derrotada en Gipuzkoa y Bizkaia por sendas insurrecciones de masas que evolucionaron de forma diferente. Comunistas, socialistas, anarquistas, aeneuvistas, militantes de ELA y militantes sueltos del PNV, fueron los primeros en sumarse a la resistencia en Gipuzkoa, más tarde lo harían los mendigoizales y Jagi-Jagi, y al final los peneuvistas, cuando el territorio guipuzcoano había sido ocupado en su gran mayoría. La forma organizativa que creó el pueblo trabajador guipuzcoano para derrotar a los militares fue la Junta de Defensa, forma que se inscribe en la experiencia histórica recurrente de autoorganización democrática directa, horizontal y asamblearia, de base, con diferentes nombres según las culturas de los pueblos: comunas, soviets, consejos, juntas, asambleas, coordinadoras…, pero la esencia es la misma: el pueblo en armas.

Si existen grupos u organizaciones revolucionarias que sinteticen teóricamente la experiencia práctica de las masas, y ayuden con esa teoría a la formación política y ética de la militancia, entonces se facilita sobre manera la materialización de la tendencia objetiva «espontánea» a la creación de poderes populares insurreccionales tanto defensivos como ofensivos. Si esos grupos u organizaciones son débiles o han sido anulados y silenciados por la represión abierta del poder o por la sutil represión del reformismo, o por ambas a la vez, entonces se dificulta mucho la tendencia objetiva «espontánea» a la autoorganización del pueblo en armas, aunque siempre late.

Las organizaciones, partidos y sindicatos contrarios de algún modo al capitalismo y a la opresión nacional, intuían o habían oído los rumores acerca de la reuniones derechistas para crear «milicias reaccionarias» en la primavera de 1936. Especial importancia tuvo aquí la tarea previa de la Internacional Comunista al extraer la quintaesencia de las experiencias insurreccionales con su alambique teórico. Aunque los comunistas eran una minoría en el total de las fuerzas vascas, eran una minoría cualificada que sabía argumentar convincentemente dentro de una cultura política progresista y democrática radical que asumía como legítimo el derecho/necesidad de la insurrección.

Las juntas de defensa surgieron casi al instante impulsadas por la dialéctica entre lo «espontáneo» y lo «organizativo». Nunca ha existido ni existirá la sola organización absolutamente aislada de la estricta espontaneidad. Ambas son los polos unidos de un proceso polifacético que se distancian en su unidad en determinados momentos para acercarse en otros. Más aún, en cuanto proceso multiforme y polícromo como es el de la lucha de clases concreta, y más aún lo es la lucha nacional de clase por la independencia del pueblo oprimo, por eso mismo ambos polos interaccionan siempre en las luchas más o menos organizadas y en las menos o más espontáneas en diversos grados y niveles.

La huelga general donostiarra se declara el domingo 19 de julio a la tarde. El lunes 20 aparecen los síntomas de lo que serán graves problemas inmediatos que resultarán insolubles a pesar de los esfuerzos de las juntas de Eibar, Beasain, Donostia, Irún, Hondarribia, Arrasate, Errenteria, Azpeitia, Zumarraga, Altza, Tolosa, Pasaia, Eskoriatza, etc.: el acaparamiento de dinero y la obstrucción económica de la burguesía, las dificultades de abastecimiento, el mercado negro, el orden público, la carencia de armas, la defensa…

La composición interna de las juntas refleja la relación de fuerzas existente en cada una de ellas, pero en la inmensa mayoría fueron las izquierdas las que llevaron el peso de los primeros combates. El PNV estuvo quieto, concentrando sus tropas, como en Azpeitia y en el alto de San Bartolomé en Donostia, mientras que en la ciudad se libraba una batalla salvaje en la que los sublevados ataron trabajadores en las verjas del Hotel María Cristina a modo de muralla humana para contener el ataque del pueblo, y en la que el joven comunista Karro se inmoló con un camión lleno de gasolina para abrir brecha en el casino donostiarra, en manos fascistas.

Desde el primer instante, el poder popular recuperó vehículos privados, armas, locales, medicamentos y todos los recursos necesarios para desarrollar la defensa. La Junta creó una oficina de requisas. La burguesía y la Iglesia fueron los colectivos más perjudicados por estas medidas socialistas. Desde los primeros días la Junta pidió un préstamo a la banca provincial. El 27 de julio pidió dinero a Hacienda, pero alguien se lo había llevado a Madrid: el día siguiente la Junta creó vales autorizados que hacían de dinero. Volvió a pedirse un crédito a Madrid pero sin respuesta, aunque más adelante sí enviará dinero. Los invasores se acercan y la Junta pide otra vez dinero a la banca guipuzcoana pero esta retrasó tanto los trámites que para cuando los representantes de la Junta llegaron a París a cobrarlo, Donostia había sido ocupada y la concesión anulada.

La Junta solicitó en balde ayuda alimentaria a Madrid. Se encontraba casi sola excepto por las pocas ayudas que recibía de Bizkaia y de Iparralde. La burguesía acaparaba el dinero, sacándolo de la circulación, lo que ahogaba la economía. Los bancos se habían cerrado el mismo 18 de julio. La Junta les obligó el 3 de agosto a dar cierta cantidad a la semana, limitando los sueldos más altos, también obligó a la burguesía a depositar en los bancos el dinero de que disponía, y obligó a los patrones a abonar el sueldo íntegro a los obreros desde la huelga del 19 de julio. La Junta adelantaría el dinero a los patronos que no pudiesen pagar y obligará a los bancos a hacer lo mismo. Como unos patrones no podían pagar y otros no querían, la Junta decretó el control económico, que también era político.

A primeros de agosto, los fascistas cortaron el suministro de agua potable a Donostia y por esas fechas se crearon vales de comida pública, cuya cantidad quedó reducida a un plato al día. La Junta decretó la venta del trigo al poder popular por un precio bajo, incautándolo sin contrapartida a quienes lo ocultasen. Estableció precios asequibles en los productos necesarios. Las exigencias de la guerra afectaban a todo, y los sindicatos organizaron comedores populares para ahorrar gente, tiempo y dinero; el lujoso Hotel de Londres fue convertido en hospital de guerra con atención gratuita para los gudaris y para el pueblo, y los médicos no cobraban: los adinerados turistas refunfuñaron en silencio por la intromisión del pueblo armado en su derecho al lujo. También se garantizó una cantidad básica de dinero a quienes no tenían salario. La prensa veraz llegó al pueblo.

Las conquistas sociales se sustentaban en la movilización de masas y en las leyes que decretaba la Junta. Por ejemplo, el esfuerzo de guerra exigía armas, interviniéndose 93 industrias para producir pertrechos, repuestos, municiones, etc., 41 dirigidas por consejos obreros y 52 intervenidas por la Junta. Para que la industria rinda al máximo se crearon comisariados zonales que vigilaban el cumplimiento de los planes. La guerra es cara y la Junta incautó el dinero que la Diputación de Gipuzkoa debía pagar al Estado según lo estipulado en el Concierto Económico: una medida crucial para asentar la independencia política y económica con respecto al Estado español. También impone serios gravámenes a las fortunas ricas y pide ayuda al pueblo trabajador. Pero a pesar de todo, la Junta está casi en bancarrota.

La militancia comunista destacó entre las demás por su formación organizativa y política. Habían realizado el esfuerzo de crear las milicias anticapitalistas obreras y campesinas (MAOC), que en julio de 1936 tenían más fuerza en Gipuzkoa que en Bizkaia, y algo en los otros dos herrialdes. Una de las bazas del MAOC era la de explicar con el ejemplo los principios del comunismo y la necesidad de organizarse para repeler con cualquier medio un previsible golpe reaccionario. La insistencia teórica y política de la Internacional Comunista en los fundamentos de la insurrección había dado sus frutos. Semejantes virtudes, unido a que siempre habían defendido los derechos nacionales vascos, hizo que en poco tiempo multiplicasen su número y su prestigio. Hubo en Bizkaia un grupito muy reducido de comunistas militantes del POUM, críticos con el estalinismo y la naturaleza burguesa del PNV, que también lucharon hasta dejar sus vidas en Santander y Asturias.

La militancia anarquista demostró su iniciativa individual y poco organizada, mermando la eficacia de su heroísmo. Las mujeres trabajadoras, de izquierda y progresistas, fueron decisivas en la retaguardia pero también en algunos frentes de combate. Las grandes conquistas sociales fueron administradas por la mujer militante, parte de la cual luchó en las trincheras. El machismo progre y de izquierdas no desapareció pese a todo, sino que se mantuvo en lo económico al decretar que los salarios femeninos fueran casi la mitad de los masculinos, y se envalentonó al oponerse a que la mujer combatiera en los frentes por aquello de las «enfermedades venéreas». En realidad era el rechazo masculino a la revolución sexual de sus esclavas que empezaba a florecer y al intenso debilitamiento de la institución patriarco-familiar y del poder adulto que se estaba producción: la juventud consciente se movilizó y se armó sin pedir permiso al poder adulto.

Al igual que en las revoluciones que comienzan, las ansias de libertad, el odio y la ira acumulada en años de sufrimiento y pobreza, el rozar con los dedos las conquistas sociales y los derechos que pueden lograrse conforme avance la revolución, el ver cómo la burguesía se resiste con todas sus fuerzas y contraataca con los peores crímenes y violaciones, las noticias sobre las atrocidades de la contrarrevolución en su avance, sus amenazas escritas en bandos militares, sus bombardeos indiscriminados, su bloqueo alimentario y de agua potable…, esto hace que el pueblo trabajador aplique su justicia revolucionaria ejecutando en Gipuzkoa a personas que, según su ética, son criminales, cifra muy inferior a la provocada por la Cruzada Nacional. Volveremos a la importante cuestión de la «Iglesia vasca» y los muertos en uno u otro bando.

Mientras tanto la guerra popular resiste como puede la envestida de un ejército superior en todo menos en valor. La gran mayoría de las y los gudaris ignoraban los rudimentos no ya del arte y la estrategia militar, sino de la táctica elemental: sus ataques son frontales y sin preparación alguna lo que les hace suicidas, y sus defensas son rodeadas por los flancos mientras sufren un aplastante bombardeo que les ata al suelo y les impide ver cómo los cercan. Si sobreviven, vuelven a la retaguardia o a casa, llevándose los pocos fusiles y municiones como si fueran suyos. La pasividad del PNV exige a las y los gudaris de izquierdas un sobrecosto en vidas y sacrificios. Habrá que esperar un mes entero, al 16 de agosto, para que en Bidania muera el primer gudari del PNV conocido.

Mientras la Europa «democrática» aplicaba la política de «no intervención» en la guerra, una de las razones decisivas en la derrota vasca de 1937 aunque no la única. Había que aplacar a la bestia nazi y por eso no podía atacarse a fondo al auge de la derecha extrema filo nazi, y había que negociar con la burguesía y el Frente Popular francés. Militantes comunistas ayudaron sin condiciones a la Junta de Defensa, pero la política oficial era la de «no injerencia», impidiendo la llegada de armas, equipos, medicamentos y comida en el momento crítico de la batalla de Irún, que se perdió el 5 de septiembre de 1936.

Hay que rendir honor a los casi doscientos combatientes internacionalistas que gracias a las organizaciones de la Internacional Comunista llegaron a tiempo para pelear hasta el final en la defensa de Irún. Tras una batalla que preludia la ferocidad defensiva de otras ciudades mártires como Madrid, Stalingrado, Varsovia, Leningrado, etc., roto el frente de Irún los gudaris no tienen otra alternativa que retroceder: apenas había municiones para recargar unos pocos fusiles con estrías gastadas. Por fin, a mediados de septiembre llegaron por contrabando a Bilbo 16.000 fusiles y varios cientos de ametralladoras ligeras checoslovacas con abundante munición, lo que permitió armar a varios batallones que en los alrededores de Eibar pararon en seco a los atacantes. Pero pronto se vería que eran pocas armas.

La Gipuzkoa insurrecta, la Junta de Gipuzkoa, la Comuna de Donostia, o como queramos denominar a la brillante iniciativa obrera y popular, mostró una vez más la grandiosa capacidad autoorganizativa del pueblo. Las deficiencias y limitaciones obvias, inevitables en el contexto extremo y fugaz en el tiempo, palidecen ante sus logros. Gracias al poder popular guipuzcoano, Bizkaia dispuso de más de dos meses vitales para organizar su defensa. Ello fue posible, como hemos visto, por la decidida política intervencionista de la Junta, que llegó a construir instrumentos de democracia socialista no plenamente desarrollada sin los cuales nada se hubiera logrado. Una democracia socialista que la burguesía vivía y definía como dictadura proletaria.

La «Gipuzkoa Roja» fue un logro histórico que casi todas las fuerzas políticas necesitaban olvidar, y lo han hecho, excepto anarquistas, comunistas y mujeres revolucionarias. La socialdemocracia y el eurocomunismo no aceptan el poder constituyente del pueblo en armas. La burguesía en sí odia al pueblo insurgente. El PNV no puede reconocer que su mito histórico, la Bizkaia del lehendakari Agirre que se formó gracias a la democracia obrera guipuzcoana, fue conservadora en lo social y, sobre todo, no se atrevió a dar pasos cualitativos de independencia nacional vasca. Para el nacionalismo reformista, la Comuna de Donostia es una cosa superada por la historia.

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