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Podemos: una fuerza periférica dirigida por madrileños

No es que Podemos no tenga fuerza en Madrid, que sí que la tiene, es que no tiene fuerza apenas en la Gran Castilla, la definamos como la definamos. La única excepción clara es Madrid misma, a no ser que incluyamos áreas de dudosa afiliación en este concepto de la Gran Castilla: Cádiz, Asturias y Canarias.

El mapa que realicé en su día para mi blog For what we are… ilustra bien este problema:

 

spain-elections-podemos-coalitions
Resultados electorales por provincia de Podemos y sus coaliciones en Diciembre 2015 [Errata: “15-25%” debiera ser “15-20%]

En casi todas las provincias de Castilla, Andalucía y Aragón, Podemos (Podemos+CHA+IU en Huesca) es un partido pequeño con menos del 20% de los votos, menos del 15% en muchísimas de ellas. Sólo se salvan Madrid, Cádiz y Asturias, con resultados tampoco demasiado llamativos (20-25% del voto).

No estoy criticando los resultados, que conste, sino sólo subrayando lo obvio: que aún queda mucho trabajo para que los y las “gran-castellanas” se pasen en masa a la zona roja… o morada o lo que sea. Es también digno de mención que en muchas provincias podrían haber sacado escaños (o más escaños) y mejorado su estadística porcentual si hubieran ido en conjunción con IU, que saco casi un millón de votos en estas regiones, e incluso si se hubieran coaligado con Izquierda Castellana, que cosecha alrededor del 2% de los votos en Castilla-León en particular (poco pero todo puede sumar si hay voluntad). De hecho, según los cálculos de El Diario, si Podemos hubiese ido en coalición con IU en todo el estado y no sólo en territorios selectos, la alianza tendría 85 escaños y la posible coalición con el PSOE sumaría mayoría absoluta.

En cualquier caso, la fuerza de Podemos+coaliciones está claramente en la periferia, muy en particular en territorios que tienen una clara diferencialidad étnica respecto a la “España nuclear” o “Gran Castilla” y donde claramente dominan las tendencias secesionistas o cuando menos federalistas: Paísos Catalans y Hego Euskal Herria, donde fueron prácticamente primera fuerza, así como Galicia, Asturias y Canarias.

No es sólo una cuestión de votos sino también de escaños: 41 de los 69 escaños de Podemos+coaliciones (el 59,4%) se obtuvieron en estos cinco territorios más o menos descontentos con el centralismo gran-castellano, alias “español” y en general discriminados por éste. Y muchos de estos votos son claramente préstamos de la izquierda secesionista (en Catalunya y Euskal Herria, por motivos diferentes) o captados gracias a las coaliciones (País Valencià, Galicia). El voto de izquierda (de izquierda real, excluyendo a los liberales del PsoE) en Euskal Herria, Balears y Canarias, donde Podemos concurrió en solitario es de todas formas mucho mayor, con especial énfasis en el caso vasco. También lo es en Catalunya, donde ERC, embarcada en el proceso secesionista (ahora titubeante bajo la dirección traidora de Puigdemont), fue segunda fuerza.

En definitiva, lo que representan los votos a Podemos+coaliciones, es en gran medida el deseo de la periferia, étnicamente diferenciada y muy descontenta con la tiranía y horrorosa gestión del centro castellano, castellanista y centralista-imperialista, de refundar el estado sobre bases muy distintas, quizá confederales, sin duda socialistas, democráticas y honradas. Lamentablemente, tanto para el proyecto transformador en general como especialmente para el Podemos de centralidad castellana o madrileña, éste no tiene mas que apoyos muy débiles en el “corazón de la bestia”, con las honrosas excepciones antes mencionadas. En general en la Gran Castilla (Andalucía y Aragón incluidos para este análisis) gana el PpsoE (nada de socialista ni obrero, poco de popular, todo y más de españolazo: de nacional-imperialista gran-castellano).

Por todo ello me parece muy inestable que el partido morado tenga un liderazgo tan exclusivamente madrileño, que simboliza e incluso significa lo contrario de su base electoral. Y esto lo digo con todo el respeto y deferencia (aunque expectante) a las personas concretas a cargo (léase: Iglesias, Errejón, Bescansa, etc.) La reciente inclusión del aragonés Echenique en labores directivas no parece que cambie nada en este aspecto, ya que Aragón (exceptuando el norte seguramente) parece funcionar con parámetros idénticos a los de Castilla.

En términos demográficos absolutos las cinco macro-regiones diferenciales (naciones, países, lo que sea) suponen apenas un tercio de la población del estado pero en términos de votos “podemitas” (plus) son unos dos tercios. Si la dirección continúa siendo dominada por la Gran Castilla, se corren muchos riesgos, sobre todo en cuanto que Iglesias (muy en particular, también el petardo de Monedero que es un auténtico jacobino y no para de dar la lata) no duda en subrayar su “españolidad” una y otra vez con la esperanza, seguramente vana, de incrementar sus apoyos electorales en la Gran Castilla.

Entiendo que el partido ha surgido como ha surgido, con centralidad en Madrid, y por eso es como es, tanto en planteamiento como en dirección, pero uno no puede sino plantearse por qué la dirección no está más territorialmente compensada o incluso si no merecería la pena pasar de Madrid y Castilla totalmente y crear un movimiento genuinamente “centrado en la periferia”. Hablo en términos teóricos y no estoy proponiendo nada en concreto, que conste (ni siquiera he votado aún a Podemos, excepto en una especie de quiniela multicolor que hice para el senado en protesta por la falta de unidad electoral de la izquierda vasca), sino que me limito a hacer una reflexión general como “ciudadano español” (a la fuerza, “súbdito” sería un término más exacto) y como nacional vasco (por nacimiento, arraigo y convicción). Reflexión que pienso que debería hacer toda la izquierda seria del estado y muy en particular los y las dirigentes de Podemos.

Como nota histórica final, tengo que decir que la situación me recuerda un poco a lo que fueron, las rebeliones carlistas, en particular la primera, que fue la más genuina. En estos levantamientos, primariamente anti-centralistas y sólo secundariamente reaccionarios, prácticamente la totalidad de la base popular era vasca (el llamado Partido Navarro), más algunos catalanes y valencianos, mientras que el liderazgo era castellano (el Partido Castellano o Apostólico). Esta extraña asociación produjo muchísimos desajustes, llevando en última instancia a la derrota de ambos. Por supuesto que la comparación tiene sus limitaciones pero también cierto mérito, creo, y debiera de inducir a la reflexión.

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